He de comenzar diciendo que hay dos expresiones bastante utilizadas en nuestro vocabulario diario con las que me encuentro últimamente en franca controversia en mi interior. Son el famoso “por favor” y el no menos ilustre “gracias”. Me explico.

Hace unos meses vi en un conocido canal de vídeos, uno titulado “Human”, del que hay varios capítulos y que os recomiendo. En uno de ellos una persona, creo aborigen del continente australiano explica que en su idioma no existen tales expresiones de gracias y por favor  y que es el egoísmo imperante en nuestras modernas sociedades el que ha “inventado” tales vocablos para que tengamos que mendigar por nuestra comida, ropa y no hablemos de vivienda, educación, salud y en general cualquier bien indispensable para que podamos llevar una vida digna. Pongo un ejemplo que puede parecer muy trivial, pero igual no lo es tanto. Una persona bien intencionada le da un caramelo a un niñ@ y el padre o la madre le dicen al infante: ¿qué se dice?. Bueno, si realmente la persona que ofrece el caramelo, y quiero pensar eso, lo hace de corazón, no creo que esté esperando que esa personita le de las gracias. Un caramelo por nada, a cambio de nada, creo que sería la actitud correcta. En el dar tendríamos la recompensa.

Pues bien, dicho esto, y contradiciendo en parte todo lo hasta ahora explicado quería escribir hoy sobre la sensación de gratitud que sin saber cómo la práctica de yoga comenzó a despertar en mí. Y digo sin saber cómo pues muchas veces las cosas cambian, y nosotros permanecemos como en letargo, sin variar nuestra actitud hacia esas ciertas cosas o situaciones cambiantes. Las experiencias y vivencias que vamos acumulando se suceden y si nos mostramos permeables tal vez conseguimos que algunas cosas, aspectos de nuestra vida, de nuestros comportamientos, de nuestra personalidad sí puedan transformarse y lo que es mejor, que seamos conscientes y hasta cierto punto partícipes de esos sucesos. Como actores principales de nuestra película. Algo así viví la primera vez que tuve la fortuna de viajar fuera de las fronteras de nuestra admirada Europa para descubrir que el mundo precisamente no termina en Europa, sino que igual comienza. Fue en busca del Yoga. Aunque suene un poco sensacionalista, se ajusta bastante a la realidad, pues si bien mi deseo era viajar a América del Sur, decidí seguir la recomendación de mis compañeros de clase de yoga y visitar y vivir unos días allí donde este arte parece que surgió o al menos se ha desarrollado. No estuvo mal, las clases de yoga que tomé, el profesor, los paisajes y el contacto con la gente. Pero el recuerdo que tengo más vivo en mi es la sensación indescriptible de GRATITUD que sentía por todo lo que había sido mi vida hasta el momento. Desde lógicamente mi padre y mi madre que se esforzaron porque yo y mis hermanos tuviéramos ropa, comida, salud y educación y especialmente amor, pasando por toda aquella gente que de alguna manera había provocado cambios en mi: amigos, profesores, conocidos o desconocidos… Al regresar en el avión rumbo a esa desagradecida Europa, sentía paradójicamente un profundo sentimiento de gratitud por haber nacido allí, colmado de bienes y servicios (hoy puestos en entredicho).

La palabra gracias, sin necesidad de estar a todas horas repitiéndola como hueco formulismo social o farsa de buena educación pasó a formar parte de mi repertorio, con un sentido profundo:

Gracias a mis profesores de yoga. Gracias a mis alumnos de la escuela de yoga (por enseñarme ambos).