Recuerdo que una vez un amigo me preguntó que cómo me encontraba, anímicamente se entiende, pues según él me percibía, por mi rostro, no debía atisbar mucha alegría. No recuerdo cuál fue mi contestación, seguramente le dije que “bien” a secas, sin tal vez reflexionar mucho sobre cuál era en realidad mi estado de ánimo. Me atrevería incluso a añadir que mi estado era más bien de esos que podríamos denominar como “planos”, “tranquilo” pero poco más. El insistió en que yo, por mí, estaba mal. Sí, tal vez me faltara un poco de brillo por dentro. Lo que sí recuerdo perfectamente fue lo que mi amigo dijo a continuación: “Carlos piensa por un instante en toda esa gente de Africa que lo está pasando mal, porque no tienen qué llevarse a la boca, porque sufren guerras, violaciones y todo tipo de sufrimientos impuestos. No sólo en Africa por supuesto. Piensa en toda la gente de este jodido planeta que lo está pasando jodido de manera injusta. A ellos les debemos nuestra felicidad, estamos obligados a ser felices por ellos.” Es decir, ser feliz es algo así como un mandato, una obligación.

No era por supuesto la primera vez que pensaba en toda esa gente. Pero creo que sí la primera vez que me dí realmente cuenta de la gratuidad de mi propio sufrimiento hasta la fecha y de que tal vez sí, debía hacer algo como autoimponerme la felicidad, si es que eso era posible.

Luego vino el yoga, o yo llegué al yoga. Desconocimiento total de qué es eso que viene de tan lejos, la India, que cada vez es más nombrado, que dicen que sienta tan bien, ¿una moda?, en fin, por probar no se pierde nada. Y comienzan las clases y en ellas haces posturas con el cuerpo, lo mueves (el cuerpo) en distintas direcciones, a veces manteniendo la postura inmóvil por un cierto tiempo, otras veces saltando de unas a otras, dinámicamente, atentos a la respiración (¡qué difícil es esto!¡y lo que se suda!¡y hasta duele!), y ese oommmm!!! qué raro me siento, qué verguenza, y qué raros son estas y estos y blablabla…

Fueron varios años de búsqueda, de pasar de un centro a otro por motivos distintos, diferentes profesor@s y escuelas, siempre con el común denominador de la palabra Yoga, de comenzar a practicar en casa (necesario y fundamental). Hasta que un día sucedió, y por unos instantes, pocos minutos, tal vez no fueran más que uno o dos minutos, o tres o cuatro, pero tan bonitos que me parecieron un día entero, mi cabeza se calló. Yo estaba ahí, despierto, tumbado, consciente, muy consciente, oyendo el canto de los pájaros en el exterior (sí ya sé, muy típico, no podían faltar los pajaritos), el cálido sol del verano segoviano inundando la estancia, sintiendo el piso de terrazo bajo mi cuerpo, ojos cerrados, y sintiéndome feliz y contento por…¿nada?.

Después comencé a leer al respecto. En todo momento el practicante de yoga ha de tener en cuenta una serie de observancias, denominadas Niyamas, entre las que se encuentra santosat, o samtosha, o santosa, es decir, contento. En el sutra (aforismo) 42 del segundo capítulo de los Yoga Sutra de Patanjali se puede leer. “A partir del contento (también traducido a veces como satisfacción o no desear más de lo que se tiene) surge la felicidad suprema”.

Sin ninguna duda, uno de los múltiples efectos de practicar yoga (en concreto me refiero a la parte de asanas o posturas) es que aumenta la sensación de bienestar y con el tiempo nos encontramos en general más alegres y contentos, pero no deberíamos perder de vista este aspecto, el contento, como un requisito previo de carácter moral. De lo contrario, reducimos el yoga a una gimnasia, con todos mis respetos por esta disciplina.

¡¡Hasta la próxima!!