La primera vez que escuché este término, “tapas”, en una clase de yoga, me pregunté si no habría entendido mal. Estaba realizando la postura que el profesor nos había mostrado y ahora la describía con palabras a la par que los alumnos la ejecutábamos. Se trataba de Virabhadrasana II también conocida como la postura del guerrero en honor a un poderoso héroe de la mitología hindú. Haciendo la postura, cuando no llevaba en ella más de 10 ó 15 segundos empecé a experimentar un ardor en el muslo de la pierna que se dobla, intensa sensación de calor que te invita a abandonar porque sientes como si en cualquier momento la pierna fuera a comenzar a “combustionarse” desde dentro y salir ardiendo por menos de nada. Ese calor era TAPAS según comentaba el profesor. Había oído bien, y ahora mi reacción era de sorpresa mezclada con cierta comicidad. Una misma conjunción de letras designa cosas muy diferentes en lugares separados por una gran distancia geográfica y cultural, aunque cabe decir que hoy en día tales distancias se han reducido en gran manera. Nuestras queridas “tapas” o aperitivos servidas en bares por toda la geografía que nutren no sólo el cuerpo sino también los sentidos y son muchas veces excusa para celebrar esos momentos de esparcimiento y reunión con amigos. Y ahora también, reunidas unas cuantas almas al calor generado por la práctica de ASANAS , estaba descubriendo otra forma de reunirme y de alimentarme.

Tapas en el yoga, generalmente traducido por calor, ardor,brillo, esfuerzo intenso, aspiración ardiente, incluso fervor, celo y austeridad, es el término más antiguo para los ejercicios de estilo yóguico (fuente:”la tradición del yoga” de Georg Feuerstein) y es uno de los componentes de los Niyamas en el asthanga yoga de Patanjali. En nuestra sociedad tan mercantilizada se suele decir que todo tiene un precio, un coste, el cual normalmente “monetizamos” para poder comparar y sobre todo, intercambiar. Pues bien, tapas sería una forma de precio o peaje que hay que “desembolsar” para obtener los beneficios que la práctica  yóguica nos reserva. El coste/esfuerzo para llegar a nuestro destino. Como decía aquella famosa serie de televisión, la fama cuesta, y vais a empezar a pagar, con sudor jajajaja. En nuestro caso la fama no tiene nada que ver con salir en televisión, con aplausos ni escenarios. Más bien la recompensa es sentirse profundamente unido y a gusto (en realidad cuesta explicarlo a través del lenguaje) con uno mismo y con el mundo del cual formamos parte, sin asperezas,  sin engaños.

Desde aquella primera vez que oí y experimenté el tapas yóguico, conscientemente muchas veces se ha repetido la experiencia, y no sólo en las clases de yoga. Cuando subiendo en bicicleta una larga cuesta notamos el sudor y el esfuerzo, medimos y descubrimos nuestras capacidades, si podemos superando nuestras limitaciones, estamos trabajando tapas. Además, lo genial es que es enteramente compatible con las tapas de la gastronomía y podríamos considerar éstas como el colofón de las otras, porque, ¡¡¡qué bien sientan unas aceitunitas después de subir hasta la cumbre!!!.