Nunca fuí una persona especialmente física. Quiero decir, en la categoría de “deporte” por llamarlo de alguna manera no despunté nunca, y sigo sin hacerlo. En mi barrio en San Fernando de  Henares cuando era un chaval no se me daba mal jugar de portero en los partidos de fútbol que se organizaban con otros barrios. Junto a mis amigos, formamos un equipo de fútbol sala para jugar con otros de la localidad. Recuerdo incluso que a veces ante una regular parada frente a un jugador contrario, algunos de los espectadores, amigos y familia casi todos ellos, exclamaban “¡¡gato, gato!!” por la agilidad de este animal con la cual me comparaban (yo me inflaba un poco por dentro, lo reconozco. Cosas del ego que tod@s llevamos dentro supongo). También durante unos años formé parte del equipo de baloncesto de la escuela deportiva de San Fernando hasta que a los trece o catorce años , un exceso de orgullo por mi parte en un encontronazo con el entrenador, y una preferencia por los estudios recién comenzados de bachillerato, me llevaron a abandonar cualquier actividad física “deportiva” salvo claro está, las clases de gimnasia en el instituto “Vega del Jarama”.  Aprovecho para referir la experiencia que en estas clases supuso conocer a la profesora, Marta era su nombre.No era muy exigente a la hora de pedirnos un esfuerzo físico grande, y dos hechos hacen que aún hoy la recuerde con cariño y sincera admiración. Uno es que nos introdujo en la práctica de algunos deportes poco al uso, al menos para mi, como el badminton, voleibol, el patinaje, la indiaca y algunos otros. Pero lo que más me llamaba la atención era que cada alumno realizaba su propia evaluación, en una especie de examen de conciencia sobre el grado en que nos habíamos esforzado y participado en las actividades más que en unos objetivos o metas prefijadas que hubiera que conseguir. Es decir, cada uno de nosotros marcábamos el grado de exigencia que nos imponíamos. Me parece que Marta nos pedía y nos concedía un grado de madurez que en realidad está en los mismos fundamentos de la práctica de Yoga, a través de uno de los Yamas, en concreto satya (veracidad) y de los Niyamas, el referido al estudio de uno mismo (svadhyaya). Cada persona se encontraba ante las preguntas: ¿cuánto me he esforzado?, ¿puedo y quiero dar más de mi? ¿me conformo con esto? y una muy importante para mi, ¿estoy siendo sincero y justo, por exceso o por defecto ,conmigo mismo con la calificación que me otorgo?.

A parte de estas actividades físicas y de algunas “olimpiadas” que de igual manera realizábamos entre barrios en las cuales corríamos, saltábamos, lanzábamos algunas piedras a imitación de los lanzadores de pesos de la tele, y por supuesto, de la inolvidable y actualmente omnipresente bicicleta que sobre todo en el pueblo acompañaba nuestro tiempo y disfrute, a parte de ello digo, mi único esfuerzo físico mayor durante años fue correr detrás de autobuses y trenes para no perderlos y  poder llegar con un margen de tiempo que yo consideraba suficiente y necesario para mi tranquilidad (era un poco estresado yo jejeje),  a las clases y los trabajos del momento.

Además las horas de clase y estudio en casa, o después en los trabajos de oficina, mermaron mi anatomía. Quiero decir y para resumir, que no fue nunca en mi vida una prioridad la observación y menos el cuidado de eso que nos acompaña, nos lleva y nos trae, que es el cuerpo. El vehículo en el cual viajamos cada día. Y estoy seguro, que de haberlo sido, mi aproximación se habría limitado a la teoría, es decir, a leer y acumular datos y conocimientos procedentes de libros o artículos.

Y ¿qué ocurría mientras tanto con la mente? A ella sí le daba trabajo de lo lindo. Primeramente por la enorme cantidad de horas que durante años dediqué a asistir a clases en las cuales no perdía de oído ninguna palabra que saliera de la boca del “profe” de turno. He de añadir aquí como actividad física tal vez, extenuante ejercicio para la mano, la práctica de tomar apuntes y registrar en papel eso que escuchaba. Segundo alimento para la mente, las horas y horas de lectura, de esfuerzo concentrado en la resolución de problemas de álgebra, trigonometría, ecuaciones de segundo, tercer y hasta cuarto grado, qué sé yo, y también aunque cada vez menos, el ejercicio de esa faceta hoy en desuso que es la memorización. En dos palabras, ¿yoga mental?.

Con el tiempo, el descuido del cuerpo fue a más pues tampoco el abuso de alcohol de “fin de semana” y los humos de tabaco y otras sustancias perniciosas para la salud ayudaban en nada a su buen funcionamiento, pero como somos jóvenes, podemos con todo, o eso creemos, y en todo caso, ¡el cuerpo que se fastidie!, mientras el cerebro que es el que gobierna ande contento. Así vamos caminando por la vida. Pero, al menos para mi, el autoengaño, aunque fuera posible (me inclino a pensar que más bien lo contrario, y lo que se da es INCONSCIENCIA), no es rentable, ni satisfactorio a largo plazo. Puede que cómodo, pero a un alto precio.

…cuerpo, …mente, y además o junto a ellos, ¿hay algo más?

Si algo le debo al YOGA hasta el momento ha sido que me ha permitido reconocer dentro de este CUERPO, hecho de huesos, piel y otros tejidos, órganos con múltiples y complicadas funciones, maravilla de la Naturaleza y de eso que podríamos llamar Vida, la existencia de algo tan extraordinario y maravilloso como el mismo cuerpo, la MENTE. Una simbiosis entre dos partes que se necesitan y a veces no sé por qué razón, se desconocen, no cooperan. Si colaboran en cambio, el conjunto se beneficia. Y por el yoga, o a través del yoga, o gracias al yoga, ahora me preocupo más de mi cuerpo y su cuidado, de la calidad de los alimentos que ingiero, trato de agredirle menos (abandoné hace ahora dos años la dependencia física y mental del tabaco), trato de evitar malas posturas cuando por ejemplo estoy sentado, y cuando digo malas posturas me refiero a aquellas que perjudican al cuerpo porque mantenerlas, a la larga, acaban creando tensión y dolores innecesarios. Pero también me preocupan más mis pensamientos y trato de corregir y cambiar aquellos que por experiencia sé que no me hacen bien: envidia, soberbia, rabia… no me aportan si no que me hacen sentirme infeliz.

Mi cuerpo y mi mente son cada día mejores compañeros gracias al yoga, y se sienten más felices. ¿Hay algo a parte del cuerpo y la mente? El yoga también nos informa al respecto, pero eso es ya otro cantar para otro momento.